Reflexión

La fe que no es fórmula

Existe una versión de la fe que es una fórmula. Haz estas cosas, en este orden, y recibe aquel resultado. Ora así, y Dios responderá. Da esto, y Dios lo devolverá. Lee este versículo lo suficiente, y la ansiedad se irá.

He probado esa versión. No funcionó. No porque las cosas fueran malas, sino porque se estaban usando como fórmula, y la fe no es una fórmula.

Lo que la fórmula promete

La fórmula promete control. Dice: si haces X, puedes esperar Y. La promesa es cómoda, porque hace la vida espiritual predecible. Puedes planearla. Puedes medirla. Puedes tener certeza.

Pero la vida espiritual no es predecible. Dios no nos debe los resultados que tenemos en mente. No es un sistema a optimizar. Es una persona a confiar.

Lo que la fórmula esconde

La fórmula esconde una pregunta por debajo: ¿confío en Dios, o confío en la técnica? Si la técnica funciona, no necesito confiar en Dios. Necesito confiar en la técnica. La fórmula se convierte en una forma de evitar la relación.

También esconde una segunda pregunta: ¿amo a Dios, o amo los resultados? La fórmula me da una forma de medir cómo voy. Sin ella, tengo que enfrentar la pregunta más difícil — ¿sigo queriendo a Dios cuando los resultados no son claros?

Cómo entra la fórmula en la iglesia

La fórmula no siempre se anuncia como fórmula. En las iglesias, suele llegar como una buena práctica que despacio se convierte en exigencia.

Aparece como la oración que debe decirse de una manera específica. El ayuno que debe durar cierto número de días. El versículo que debe declararse cada mañana. El grupo pequeño que debe frecuentarse cada semana. Nada de esto está mal por sí solo. Pero cuando se convierte en la cosa que garantiza el resultado, deja de ser práctica y pasa a ser fórmula.

He visto personas salir de iglesias porque la fórmula dejó de funcionar. Oraron la oración, ayunaron el ayuno, declararon el versículo — y el resultado no llegó. Concluyeron que Dios las había fallado o que ellas habían fallado a Dios. Ninguna de las dos conclusiones era verdadera. La fórmula las había fallado.

Lo que la fe no es

La fe no es certeza. La certeza no necesita fe. Si tienes certeza, ya sabes. La fe es lo que tienes cuando no sabes, y eliges confiar de todos modos.

La fe tampoco es garantía. No es contrato. No promete que todo saldrá bien. Promete una dirección, no un resultado.

Lo que la fe es

La fe es una postura. Es la decisión de seguir mirando a Dios, incluso cuando los resultados no son los que esperabas. Es la elección de quedarte en la relación cuando la relación no te está dando lo que pediste.

La fe también es honesta. No finge entender lo que no entiende. Puede decir, no sé por qué está pasando esto, y aún decir, sigo aquí.

Cómo es la oración honesta

La oración honesta no es la oración que dice las cosas correctas. Es la oración que dice las cosas verdaderas.

Puede ser corta. Puede ser torpe. Puede ser con enojo. Puede ser silenciosa. Los Salmos están llenos de oraciones honestas que no pasarían una prueba de educación — quejas, preguntas, acusaciones, exigencias. Están en la Biblia porque eran verdaderas, no porque eran educadas.

He aprendido a orar la cosa verdadera en lugar de la cosa correcta. La cosa correcta es confío en ti completamente. La cosa verdadera es quiero confiar en ti, y todavía no he llegado. La segunda oración es la que me ha cambiado.

Lo que estoy aprendiendo

Estoy aprendiendo a sostener fe y decepción al mismo tiempo. No son opuestas. Algunas de las personas más fieles que conozco también han sido algunas de las más decepcionadas. Su fe no era la ausencia de decepción. Era la elección de quedarse de todos modos.

Estoy aprendiendo que Dios no es una técnica. No puede optimizarse. Puede amarse, pero no controlarse. En el momento en que lo trato como fórmula, he dejado de relacionarme con él como persona.

Estoy aprendiendo que la oración honesta es mejor que la oración correcta. La oración honesta dice, no entiendo, y sigo aquí. La oración correcta dice, todo está bien, y no quiere decir nada de eso.

Lo que todavía estoy aprendiendo

Todavía estoy aprendiendo a orar sin esperar un resultado específico. Todavía estoy aprendiendo a leer la Biblia sin convertirla en checklist. Todavía estoy aprendiendo a confiar cuando los resultados no son los que pedí.

Todavía estoy aprendiendo que la fe no es fórmula, y que eso no es una mala noticia. Es la diferencia entre transacción y relación. Una transacción me da lo que pagué. Una relación me da algo que no sabía que necesitaba.

Todavía estoy aprendiendo a querer más la relación que los resultados. Algunos días lo hago. Algunos días no. Pero estoy aprendiendo que los días en que lo hago son los días que duran.